sábado, 14 de junio de 2014

SISTEMAS PREDECIMALES (III): ESPAÑA

Los últimos maravedís (valores de 8 y 2) de Isabel II
Durante estos últimos dos años hemos tenido la oportunidad de repasar varios sistemas predecimales, tales como el británico, el indio y el japonés. Creo que ha llegado el momento de fijarnos brevemente en el nuestro y es que la transición hacia la decimalización fue un reflejo del siglo XIX político y económico español: un verdadero caos. No es tarea fácil condensar en una entrada la sucesión de reformas monetarias de la época de Isabel II, pero creo que puedo ofrecer unas pocas pinceladas que nos ayuden a orientarnos en este laberinto.


Los aficionados a la numismática asociamos normalmente el inicio del sistema decimal en España a la introducción de la peseta en 1869, pero lo cierto es que hubo varios intentos anteriores. A principios del siglo XIX se dan una serie de circunstancias que afectan de lleno al circulante monetario español. La Guerra de la Independencia de 1808 no solo divide la moneda española en el momento en que José Bonaparte decide introducir un sistema más racional, sino que provoca la entrada de moneda extranjera, sobre todo británica y portuguesa, al tratarse de una contienda internacional. El posterior proceso de emancipación de las colonias americanas en la década de 1820 supone la interrupción del flujo de metales preciosos a la península, lo que acarrea inevitables consecuencias en la emisión de moneda. Además, la inestabilidad interna será una constante hasta el último cuarto de siglo: el carlismo, consecuencia de la mal planificada sucesión de Fernando VII, pondrá en circulación su propia moneda en las zonas que controla.


El sistema monetario con el que España llega al siglo XIX muestra un notable anacronismo, pues además de no ser decimal se basa en tres cuentas diferenciadas por metal precioso: el escudo para el oro, el real para la plata y el maravedí para el cobre. La relación era de 1 escudo = 40 reales y 1 real = 64 maravedís. José Bonaparte trató de introducir la cuenta única con el real de vellón, pero Fernando VII se encargó a partir de 1814 de anular esta reforma y regresar al viejo sistema. Solo en el último año de su reinado, como guiño postrero a los liberales que defenderían a su hija Isabel, reinstauró el sistema de cuenta única.

Anverso y reverso de real de plata
de 1859
Finalmente, el Reino de España deberá hacer frente durante casi todo el siglo a un mal que había afectado a su moneda argéntea desde tiempo inmemorial: la evasión masiva de moneda de plata al extranjero con fines especulativos. Este hecho empeorará a mediados del XIX, pues el descubrimiento de grandes yacimientos de oro en Australia y California provocará un aumento del precio de la plata en los mercados internacionales.

Así pues, y una vez estabilizado el país tras la primera guerra carlista en 1840, se hizo necesario introducir reformas de calado que vigorizaran el obsoleto y complicado sistema monetario español. En 1848 el gobierno de Narváez acometió la primera de estas reformas, convirtiendo al real de plata en la unidad de cuenta y decimalizando los valores de las monedas, de la siguiente manera:
  • Valores de oro: 100 reales (8,33 grs)
  • Valores de plata: 20 reales (26,28 grs), 10 reales (13,14 grs), 4 reales (5,26 grs), 2 reales (2,63 grs.) y 1 real (1,31 grs)
  • Valores de cobre: 5 décimas (19,16 grs), doble décima (7,66 grs.), décima (3,83 grs) y media décima (1,91 grs)
La decimalización no llegó al peso de las monedas, que continuaron con el antiguo sistema de marco y granos. Esto no se correspondía con la adopción del sistema decimal en cuanto a pesos y medidas, que España estaba empezando a adoptar de manera efectiva. Además, se rebajó el contenido de plata en las monedas argénteas con el fin de evitar fugas y equipararlas a los patrones franceses.

No obstante, no se consiguió detener la exportación de plata al extranjero, circunstancia que dificultaba sobremanera las transacciones económicas internas. En 1854 se llevó a cabo una reforma del sistema que rebajara aún más el contenido de plata, resultando como sigue:
  • Valores de oro: 100 reales (8,38 grs)
  • Valores de plata: 20 reales (25,96 grs), 4 reales (5,19 grs), 2 reales (2,60 grs) y 1 real (1,30 grs).
Además, el cobre pasó a dividirse en centésimas partes. Estas medidas no lograron tampoco disuadir a los evasores de plata, ya que el valor de este metal continuaba en alza. En 1861 el gobierno llegó a introducir nuevas unidades de oro de 40 y 20 reales para intentar reemplazar la escasa plata circulante, medida que tampoco llegó a cuajar.

Reverso de monedas de 5 y 2,5 cts. de escudo
1864 es el año de la última gran reforma antes de la introducción de la peseta, lanzada por el gabinete de Alejandro Mon. Se estableció el escudo como unidad de cuenta, dividido en 100 céntimos quedando los valores de la siguiente manera:
  • Valores de oro: 10 escudos (8,38 grs), 4 escudos (3,35 grs) y 2 escudos (1,67 grs.)
  • Valores de plata: 2 escudos (25,96 grs), 1 escudo (12,98 grs), 40 cts. (5,19 grs), 20 cts. (2,59 grs) y 10 cts. (1,29 grs)
  • Valores de bronce: 5 cts. (12,5 grs), 2,5 cts (6,25 grs), 1 céntimo (2,5 grs) y ½ céntimo (1,25 grs)

Moneda de plata de 40 cts. de escudo
Como mayor novedad, además de confirmar definitivamente la decimalización del sistema, se utilizó una plata de menor pureza para los valores de 40, 20 y 10 céntimos con el fin de evitar la exportación de este metal. Fue sin duda una reforma valiente, pero desgraciadamente no hizo sino complicar aún más el sistema monetario. No es difícil intuir que tras todas estas reformas, unidas a los vaivenes propios de la política española del XIX, sumieron a la moneda española en un verdadero galimatías. Se calcula que en los últimos años del reinado de Isabel II circulaban nada menos que 97 tipos distintos de moneda. Se hacía necesario un cambio mucho más radical y decidido, que solo la introducción de la peseta en 1869 pudo implantar de forma definitiva.

Para más información, os recomiendo fervientemente el artículo en el que he basado la redacción de esta extensa entrada, escrito por el Dr. D. Javier de Santiago Fernández, Catedrático de Epigrafía y Numismática de la Universidad Complutense que podéis leer pinchando en el siguiente enlace 

Quisiera además enviar mi sincero agradecimiento a los numismáticos valencianos Carlos Peláez y Juan Montaner por su ayuda a la hora de adentrarme en este convulso periodo de la historia monetaria española.


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