jueves, 5 de junio de 2014

BILLETS DE NÉCESSITÉ

De nuevo entramos en el terreno del dinero de emergencia o necesidad, y de nuevo es en el contexto de la Primera Guerra Mundial y su consiguiente posguerra, con la que la humanidad entró de lleno en el siglo XX, y no de la mejor manera precisamente. Ahora que estamos conmemorando el centenario de esta masacre, es ampliamente compartido por estudiosos e historiadores que la paz firmada en 1919 fue un cierre en falso, pues originó futuros problemas sin atender de manera efectiva los presentes. Esto afectó tanto a los vencidos como a los vencedores, que poco podían sospechar los problemas que tendrían afrontar durante las dos siguientes décadas.

Hoy precisamente me detengo en uno de esos vencedores, concretamente la Francia de la III República. La entonces conocida como Gran Guerra de 1914-1918 supuso un profundo desgaste económico, social y sobre todo humano tanto para los aliados como para los imperios centrales. Francia tuvo que sostener un tremendo esfuerzo bélico durante más de cuatro años, durante los cuales además debió combatir en su propio suelo (en 1914 los alemanes se quedaron a unos 100 km. de París) en una interminable guerra de trincheras. En estas circunstancias los franceses vivieron una situación económica parecida a la de sus contrincantes: el dinero circulante fue destinado en su mayor parte a la economía de guerra, la situación de incertidumbre desembocó en un proceso inflacionario y los particulares comenzaron instintivamente a acaparar las monedas de plata y bronce. Como consecuencia el país perdió su circulante, con el consiguiente riesgo de colapso económico.

Este riesgo fue percibido desde el primer momento por las cámaras de comercio más relevantes de Francia, que en Agosto de 1914, días después de la declaración oficial de guerra, solicitaron al Ministerio de Finanzas el permiso para emitir monedas y billetes de necesidad. Las cámaras de comercio no fueron las únicas instituciones emisoras de moneda de necesidad, ya que administraciones locales como ayuntamientos y comunas así como algunos comercios fueron autorizados también; pero sí tuvieron sin lugar a dudas un papel destacado. No es algo casual, pues las cámaras son básicamente asociaciones de comerciantes (a nivel local o regional) que promueven y defienden sus intereses ostentando al mismo tiempo una utilidad pública, generalmente de tipo consultivo o de prestación de servicios.


Se emitieron monedas de diferentes materiales (aluminio, zinc, latón e incluso cartón) para las denominaciones pequeñas (5, 10, 20, 25 céntimos), así como billetes para valores faciales mayores: 50 cts, 1, 2, 5, 10 y 20 francos. El tradicional centralismo francés se puede percibir en todo el proceso, ya que el Estado era el ente que autorizaba las emisiones, siempre respaldadas por el Banco de Francia. Además, las entidades emisoras debían reflejar claramente este hecho, por ejemplo especificando que se trataba de “bons” (para diferenciar esta moneda de la oficial) o señalando que eran intercambiables por dinero oficial. Hoy quisiera detenerme en las emisiones en papel, que recuerdan en muchos sentidos a los notgeld alemanes coetáneos en diseño y tamaño. No he podido evitar establecer comparaciones, y a priori me ha dado la impresión de que el dinero de necesidad francés, más controlado por el Estado que el alemán, centra sus diseños en símbolos locales como la heráldica, la paisajística o alguna referencia histórica, no dejando espacio para otras temáticas como el humor, la ironía, el costumbrismo, la crisis económica y ese larguísimo etcétera que sí nos legó el dinero de emergencia alemán. En esta página podéis acceder a un montón de emisiones ordenadas por localidad: 

Pronto quedó claro que las primeras emisiones no bastarían para cubrir toda la demanda, pues la guerra se prolongó indefinidamente en las trincheras. Incluso una vez terminada ésta con la victoria aliada se continuó emitiendo moneda de necesidad hasta 1925. De esta forma, las cámaras de comercio pudieron desempeñar un papel fundamental en la economía francesa durante toda una década, hecho francamente notable en un país en el que es difícil que las autoridades estatales deleguen sus competencias, y menos aún las de tipo financiero.

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